Transita sin prejuicios por territorios que en la Guatemala contemporánea y desigual parecen antagónicos: la universidad, el espacio rural,

la maternidad emancipada y la iglesia evangélica central.  De todos esos ámbitos ¿qué paisaje define a esta joven de Santa Lucía?

Textos: Cora Gornitzky (INTA – Argentina)

Fotos: Juan Pablo Villalobos (EUROCLIMA PLUS – Costa Rica)

SANTA LUCÍA UTATLÁN es una pequeña localidad del Departamento de Sololá. Pero en ella caben muchos mundos. Son los mundos que habita Jeni Beatriz Vásquez Ajú.  Mujer, joven, indígena, madre soltera, bordadora de huipiles, estudiante universitaria y aspirante a floricultora; Jeni  parece sentirse a gusto en todos esos territorios.  Entra y sale, si es que la identidad puede funcionar con esas puertas vaivén. Habla en español cuando va a la universidad; conversa en lengua materna K'iche' cuando está en su casa. Viste a diario huipil y faldas, pero también   jeans y remeras más ceñidas, para asistir a las clases  de pedagogía.

A mediados de mayo, cuando comienzan las lluvias de  invierno,  Jeni y su familia  reciben a una comitiva del Programa  EUROCLIMA+ de la Unión Europea que ejecuta proyectos para fortalecer la producción resiliente de alimentos en Latinoamérica, como parte de la lucha contra los efectos del cambio climático. Llegan de los países vecinos de Nicaragua, El Salvador, Honduras y Panamá. También del Cono Sur. Los visitantes han venido a conocer el macrotúnel en el que su hermano produce, multiplica y comercializa flores gerberas. El pequeño vivero está en los altos del terreno familiar, muy cerca de la casa.  La estructura tiene una dimensión de  10 metros de largo, por 3,80 de ancho y 2,10 de alto.  El emprendimiento familiar cuenta con el apoyo del PNUD mediante un proyecto de implementación de agricultura protegida que ya instaló en el Departamento de Sololá 50 microtúneles. Se trata de una propuesta de adaptación al cambio climático y una alternativa que suma ingresos para mujeres y jóvenes de la región. De este modo, utilizan pequeñas unidades de terreno y diversifican producciones, al tiempo que restan presión sobre las tierras agrícolas, con sus cultivos tradicionales de maíz y frijoles.

Es una tarde nublada en el altiplano. Mientras la comitiva visita el macrotúnel de los Vásquez, Jeni está parada junto a su madre, debajo  del viso de la puerta de la cocina, en el espacio abierto que conecta las dos partes en las que se divide la  vivienda familiar. Vestida con su blusa  y esa falda de casi 9 metros que usan las mujeres mayas de Mesoamérica, Jeni  luce  impecable. Se la adivina simpática e inquieta, con su larga cabellera morena, la sonrisa pronta, la mirada curiosa.

-¿Quieren pasar?

Y entonces, en la cocina amplia, sobre la mesa, la joven de 28 años muestra los  huipiles que está por terminar. Unas blusas mayas coloridas, que borda en crucetas, por encargo, para solventar sus gastos diarios.

Mientras conversa, en la cocina a leña crujen los troncos y sobre la hornalla de hierro,  una olla deja escapar un aroma a frutos tropicales dulzón e irresistible. Es el ponche sin alcohol, de uva y piñaque prepara Jeni para los invitados. Entra Madaí, su hija de tres años. Y Génesis, la sobrinita mayor. Todas viven en la misma casa, donde las mujeres tiene preeminencia. “Mi familia está conformada por mi mamá, cuatro hermanas y un hermano. Hemos crecido trabajando, gracias al ejemplo de mamá, que se quedó sola, pues papá se fue hace mucho”.

                                                              image002                                                                         

Jeni nació ahí, en las mismas tierras de sus abuelos, que viven en la casa contigua,  a unos 100 metros de su vivienda. En ese entorno rural, con buena conexión sobre ruta pavimentada creció con los hermanos, en un sistema matriarcal donde la madre se convirtió en jefa de familia . 

Productora de tomate, maíz, pimientos y frijoles, la mamá crió  a las 4 hijas mujeres  y a su único hijo varón  en la tradición maya, bajo la lengua  materna K'iche', con los valores evangélicos de la iglesia central y con el foco puesto en la educación primaria, secundaria y superior, a la que todos sus hijos lograron acceder. 

La realidad de la familia de Jeni explica, en parte, algunos datos estadísticos publicados por Naciones Unidas:  el  52% de las mujeres guatemaltecas trabajan en la zona rural. El 21% lo hace con remuneración, como la mamá de Jeni, pero   el 31% restante trabaja sin recibir un pago por su actividad. 

Los otros datos se pueden rastrear en los diarios locales de comienzos de mayo, cuando una marcha de pueblos indígenas y organizaciones campesinas llegó caminando hasta la capital del país para reclamar contra las 569 órdenes de captura a defensoras de la tierra y protestar contra los más de 100 feminicidios cometidos en los últimos tiempos.

“Guatemala es un rompecabezas que aún no ha sido armado”, dicen en Plaza Pública, un portal de comunicación creado por jóvenes de la Universidad Rafael Landívar. “Por todo el país conviven formas de vida múltiples y contradictorias, expresiones laborales rezagadas al lado de otras ultramodernas (…) vidas locales o transnacionales o transmigrantes”.

¿Qué sale de la desigualdad?,  se preguntan en un proyecto digital innovador donde dan a conocer toda  una geografía de  rostros, historias, imágenes  y experiencias que  buscan comprender la compleja estructura social de Guatemala.

Jeni Beatriz Vasquez Ijú integra ese mosaico intercultural con sus bordados de Hüipil, sus clases de pedagogía en la Universidad Pública de San Carlos, su experiencia vital como madre soltera, su fe evángelica, su práctica productiva.

-Cómo es ser joven en las áreas rurales de la  Guatemala contemporánea?

-Como jóvenes del área rural, el trabajo es poco, está muy de moda ahora graduarse de secundaria y tomar la decisión de arriesgarse a emprender y buscar algún empleo temporal donde uno pueda sustentarse o ayudar a su familia. Lo otro es migrar hacia Estados Unidos pero esa decisión está cargada de muchas dificultades. Pero el  área rural es más absorbida por el campo y por el trabajo agrícola. Ese trabajo aquí  es muy duro. Por eso  los jóvenes (a los que no les enseñan a trabajar o agarrar una herramienta como el azadón para picar la tierra y aprender a sembrar para tener una cosecha de maíz o verduras), migran a trabajar en fábricas de pantalones, que se le conoce aquí como la maquila.

La población joven de Guatemala, comprendida entre los 15 y 29 años, representa un 28,6% de los habitantes y suma unos 4.6 millones de personas. En ese rango  etáreo están comprendidos Jeni y sus hermanos. El 50% de la población joven aún reside en áreas rurales. La agricultura absorbe el 29, 6% de jóvenes económicamente activos, según datos de la Encuesta Nacional de Empleo e Ingresos (ENEI 1-2016) publicados por FAO en 2017. En el área rural el 45,9 por ciento está relacionado con actividades agrícola-ganaderas, de caza  y silvicultura. El trabajo infantil y adolescente (entre 7 y 17 años) es una realidad dolorosa que afronta Guatemala. Los datos disponibles indican que de cada 10 niños y adolescentes que trabajan en el área rural, sólo 1 cuenta con condiciones mínimas de vida. Un 47,1 en pobreza no extrema, un 41,9 % viven en pobreza extrema y un 11 por ciento por encima de la línea de pobreza. Jeni conoce esas cifras, por eso valora el esfuerzo que hace su familia para que puedan acceder a los  estudios superiores. “Mi madre nos apoyó a todos por igual para terminar la secundaria, ya la universidad, pues cada quien de nosotros lo está viendo y pagando según lo  requerido para llegar al nivel superior”.

Cuando Jeni quedó hace casi cuatro años embarazada, tuvo que suspender sus estudios de pedagogía para criar a su hijita. Pero decidió retomar  la universidad. “Como mujer y madre soltera es una situación difícil. En mi familia a Dios gracias, como mujeres que somos la mayoría, trabajamos en oficina, casa, campo, estudiamos  y realizamos otras actividades para poder sobresalir adelante y no estar dependiendo del gasto de un hombre, si no quiere colaborar. En las zonas rurales como las mías se ven más casamientos a temprana edad, pero también mucho machismo, violencia  y familias desintegradas. Las que vivimos cerca de centros urbanos podemos realizar algunos cursos como embutidos, néctares, mermeladas de frutas o tomate”.

El estereotipo de la mujer rural está grabado en piedra y es muy difícil para las jóvenes romper ese techo de cristal. A pesar de que la igualdad de género en Guatemala ha ganado terreno, la hegemonía masculina sigue caracterizando la cultura, sobre todo en las áreas rurales. Según expone un informe de FAO:  “las agricultoras tienen tasas muy bajas de tenencia de la tierra (solo el 7,8% de los propietarios son mujeres), lo cual supone una dificultad añadida para ellas a la hora de solicitar créditos y socava su poder en la toma de decisiones. Las mujeres a menudo tienen bajos niveles de educación y las áreas rurales les ofrecen muy pocas oportunidades de empleo formal”.

Guatemala recurrió por primera vez a la FAO en 2013, para solicitar el asesoramiento técnico de la Organización para apoyar las actividades del Gabinete Específico de la Mujer (GEM). Entre  2016 y 2017, la FAO ayudó al MAGA a mapear los mecanismos de implementación, monitoreo y evaluación de la política de igualdad de género y se puso en marcha la política de igualdad de género del Ministerio de Agricultura, Ganadería y Alimentación.

-Cómo transcurren tus días aquí entre la vida rural y la universidad?

-La vida que llevo como madre y estudiante no es fácil. Soy madre soltera, tengo una hija, una bendición enorme, por quien velo y cuido. Yo bordo hüipiles hechos de cruceta. Me mantengo un poco de ello, mientras veo más fuentes de ingreso para cubrir los gastos de hogar hacia mi hija, y muy aparte lo de la universidad, pues estudio solo sábados. También me ha gustado siempre escribir, pero nunca he dejado darme a conocer en ese sentido, bien lo decía, pocos son los que apoyan talentos, como escritos o poesía. Y más cuándo es una mujer quien escribe. No es una vida de escritora la que les está dada a las mujeres en el campo.

Jeni convida el  ponche tibio, especialmente recomendado  para los días destemplados. Es viernes y comienza a llover sobre el altiplano. La visita de la comitiva de EURCLIMA termina,  pero existen las redes sociales. La  charla  continúa vía whatsaap.

-Las jóvenes que viven en tu pueblo reciben capacitación para las labores agroindustriales?

- He tenido algunos cursos sobre embutidos, néctares, mermeladas de frutas o tomate. Con mi familia hemos trabajado durante años en diferentes siembras, como lo es el tomate, Chile Pimiento y ahora estamos con las Flores, en especial la siembra de Gerberas, dando un pequeño acompañamiento a mi hermano quien es el encargado de cuidar de ellas.

-Cómo logró tu familia sumarse a este emprendimiento de macrotúneles?

- Mi hermano estudió la carrera de perito agrónomo y eso le ha ayudado y le ha abierto puertas para ese proyecto que llegó a sus manos, junto a otros  jóvenes del área rural que  se turnan para el cuidado y crecimiento de las Gerberas. Cuando ellos no están en disponibilidad nosotras con mi mamá ayudamos.

Lo que desea Jeni es poder construir un macrotúnel de flores gerberas con su madre: “Queremos hacer uno para nosotras, pues comprobamos que el trabajo es muy bueno, se vende bien y no requiere de mucho esfuerzo. Buscaremos un poco de financiamiento para comprar las semillas y así poder trabajar tempranito dentro de las flores y en el día cuidar del hogar, preparar los alimentos y cuidar de mi hija. Sin descuidar el estudio, que mi meta es culminar el Técnico de Pedagogía y la Licenciatura en Administración Educativa, en la Universidad de San Carlos de Guatemala”.

                                                                     image003                                                                                       

Jeni cursa sus estudios en la sede departamental Sololá de la Universidad de San Carlos. Cuenta que sólo el 10 por ciento de la población rural e indígena accede a la educación superior en su distrito. Cuando se reciba, quiere seguir junto a su familia. “Siempre hemos vivido aquí. Me gusta el clima, el entorno natural. Si tuviera que irme volvería a elegir un lugar así”. A la antropóloga argentina Rita Segato más que de hábitat, arraigo o territorio le gusta hablar de paisajes. Paisaje es el término que explica  entonces al altiplano de Sololá, la universidad de San Carlos, la tierra en la que nació y creció Jeni, la casa que habita, las planicies que durante el próximo mes se vestirán de sepia, cuando llegue a Santa Lucía Utatlán el polvo del Sahara y el ambiente se torne de un color gris. Y se pierda por un tiempo el verde de los bosques y el azul del cielo. “El paisaje es una inscripción de la memoria”, dice Rita Segato. Y esa metáfora que designa  un país, un hábitat, un territorio y una historia define también a Jeni Beatriz Vásquez Ujé.